Cerrar Pdvsa no es traicionar la patria, es liberarla para construir el hub energético de las Américas

Durante décadas repetimos un mantra: Pdvsa es la patria, Pdvsa somos todos. Era la gran empresa nacional, orgullo de modernidad, símbolo de soberanía. Pero esa empresa que alguna vez estuvo en el selecto grupo de las cinco petroleras más eficientes del planeta ya no existe. Lo que queda hoy es un cascarón endeudado, corroído por la corrupción, convertido en botín político y sin capacidad técnica ni financiera.

Seguir aferrados a la idea de “rescatar a Pdvsa” es un espejismo. No hay ingeniería posible que resucite un cadáver que lleva dos décadas en descomposición. El reto no es salvar a la empresa, sino salvar a la nación de su ruina.

El mito roto

La nacionalización de 1975 creó un relato de identidad: la “empresa de todos los venezolanos”. Pero ese mito se quebró con tres golpes sucesivos:

  • La politización de la gerencia —roja, rojita— y la purga de casi 20.000 (50%) trabajadores en 2003.La conversión de Pdvsa en caja chica del Ejecutivo a través de los bonos y ventas a futuro, junto con el saqueo de decenas de miles de millones de dólares.
  • El colapso operativo: la falta de inversiones y de mantenimiento ha hecho que en la actualidad la empresa tenga refinerías inservibles, una producción en mínimos históricos y una deuda impagable.

Hoy, Pdvsa no es un patrimonio nacional: es un obstáculo para la recuperación.

Un nuevo esquema institucional

Cerrar Pdvsa no significa privatizar el subsuelo. La Constitución seguirá declarando los yacimientos como propiedad de la República. Lo que cambia es la manera de explotarlos.

  • Ministerio de Hidrocarburos: será el cerebro político y estratégico. Diseña la política energética y fiscal, representa al país en organismos internacionales, garantiza la transición hacia energías alternativas, mantiene la titularidad de los yacimientos en nombre de la República.
  • Agencia Venezolana de Hidrocarburos (AVH): será el árbitro técnico. Administra las áreas contractuales, licita proyectos, regula, fiscaliza y supervisa las operaciones, garantiza transparencia en licitaciones y contratos. y custodia la información técnica del subsuelo.
  • Operadores privados: nacionales y extranjeros, serán los responsables de explorar, producir, refinar, transportar, almacenar y comercializar. Asumen riesgos e inversiones (capital y tecnología) y pagan regalías, impuestos y contribuciones al Estado.

El resultado: un Estado regulador y recaudador, no empresario.

Las ventajas de cerrar Pdvsa

  1. Claridad institucional: el Estado deja de ser juez y parte. Se concentra en planificar, regular y fiscalizar.
  2. Confianza para el capital: la inversión extranjera y nacional fluye más fácilmente cuando no hay que asociarse con una estatal quebrada y politizada.
  3. Disciplina fiscal: los ingresos se canalizan de manera directa al Tesoro, sin cajas paralelas ni desvíos.
  4. Transparencia: la renta petrolera entra a cuentas públicas visibles, en lugar de diluirse en entramados opacos.

Los riesgos del cierre y el inicio de un nuevo ciclo

Eliminar Pdvsa no será fácil. Habrá resistencias culturales y políticas: para muchos, sigue siendo “la patria”. Habrá que atender el destino de decenas de miles de trabajadores con planes de transición, reconversión y justicia laboral. También habrá que definir qué hacer con activos estratégicos como las refinerías y Citgo.

Pero el mayor riesgo no está en eliminar a Pdvsa, sino en prolongar su agonía. Seguir gastando tiempo y recursos en una quimera que ya no existe es condenar al país a la parálisis.

Cerrar Pdvsa no sería el fin de la industria petrolera venezolana, sino su renacimiento. Significaría reconocer que la empresa estatal ya cumplió su ciclo histórico, y que corresponde a nuevas instituciones y operadores asumir la tarea. Sería un gesto de honestidad frente al país y frente al mundo. Un acto de desprendimiento: abandonar la nostalgia para salvar el futuro.

Una encrucijada histórica

El debate no es técnico: es histórico. El petróleo ya no es eterno. El mundo camina hacia la transición energética, y Venezuela tiene apenas una década, dos a lo sumo, para monetizar sus reservas. Si no aprovechamos esta ventana, quedaremos con un subsuelo lleno de crudo sin desarrollar.

Cerrar Pdvsa sería un acto de realismo. Sería reconocer que lo que alguna vez fue orgullo nacional hoy es una carga para la nación. Sería apostar por un nuevo pacto petrolero, donde el Estado no es operador, sino garante de transparencia y justicia.

Sembrar el petróleo, otra vez

Hace casi un siglo Arturo Uslar Pietri escribió que Venezuela debía “sembrar el petróleo”. Hoy con más urgencia. Sembrar el petróleo no significa salvar a Pdvsa. Significa usar los últimos ingresos petroleros para el sostenimiento de las funciones básicas del Estado —protección de derechos, seguridad y justicia—. Significa aprovechar la última gran renta antes de que el mundo cierre la era del crudo.

Conclusión

La Venezuela que viene no puede seguir viviendo de mitos muertos. Una nueva Ley de Hidrocarburos debe reflejar un cambio de paradigma: abrir espacio al sector privado, darle a la AVH el rol de árbitro técnico, y redefinir el ministerio como brújula política.

El paso siguiente es inevitable: cerrar Pdvsa.

No será fácil. Habrá lágrimas y resistencias. Pero seguir aferrados a ese ídolo de barro es más peligroso que derribarlo. La verdadera soberanía no se defiende con empresas estatales quebradas, sino con instituciones sólidas y ciudadanos libres.

La pregunta no es si podemos rescatar a Pdvsa. La pregunta es si tenemos el coraje de cerrarla para abrirle paso al hub energético de las Américas del siglo XXI.



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