La Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac) celebró su VII cumbre la semana pasada en Buenos Aires, Argentina, nación que ostenta la presidencia pro tempore del grupo. Participaron 15 mandatarios, aunque acudieron delegaciones de 33 países de los 35 que integran la Organización de Estados Americanos.

Después de analizar de forma exhaustiva la Declaración de Buenos Aires, el expresidente de Costa Rica Miguel Ángel Rodríguez califica su contenido ―para él 100 puntos de consenso y 11 declaraciones especiales― sencillamente como otro “ejercicio del ilusionismo latinoamericano”.

La lista de deseos incluye: “La integración de América Latina y el Caribe, la paz, la cooperación internacional, el multilateralismo, el respeto a la integridad territorial, la no intervención, el desarrollo sostenible, la pandemia y su recuperación, la pobreza, la desigualdad, las cadenas de valor internacional, la volatilidad de precios de los alimentos, la inflación, la posible recesión mundial, los camélidos, las políticas de salud, la transición energética, los riesgos naturales, la ciencia y la tecnología, la transformación digital, las tecnologías de información y comunicación, las brechas en contra de las mujeres, las desigualdades de géneros, la violencia doméstica y la inequitativa distribución del trabajo de cuidados, la participación de las juventudes, los derechos de las personas afrodescendientes, las lenguas indígenas, la educación, la discapacidad, la cultura, la cooperación entre academias diplomáticas y en materias espacial y nuclear, la corrupción”.

En Latinoamérica y el Caribe existe la creencia de que con la simple declaración sucede la acción, sin hacer la tarea para conseguirlo.

La praxis política latinoamericana y caribeña está llena de estos deseos.

Un ejemplo fue la declaración de Pedro Castillo cuando disolvió el Congreso de Perú. Pensó que el solo anuncio a través de un mensaje emitido en cadena nacional lo disolvería. No hizo el trabajo político para lograrlo. Y al final dio un golpe de Estado.

Algo similar ocurrió con el anuncio de Nicolás Maduro del incremento de la producción petrolera el año pasado. “Este año vamos a 2 millones de barriles diarios llueva, truene o relampaguee. Este año recuperamos la producción petrolera de la mano de la clase obrera”. La realidad fue que no ocurrió. La producción promedio/año en 2022 fue de 716.000 barriles diarios, según las cifras oficiales del Ministerio de Petróleo de Venezuela reportadas a la OPEP. Un año después, Maduro no tiene la producción ni los ingresos en divisas necesarios para resolver las protestas populares a lo largo y ancho del país, que reclaman salarios justos en dólares.

Otro anuncio fue el de Gustavo Petro sobre el cese del fuego bilateral con el Ejército de Liberación Nacional y otros grupos armados por un período de seis meses el 31 de diciembre de 2022. Resulta que fue un anuncio unilateral, sin acuerdo. En el comunicado que después hizo público, el ELN advirtió: "Solo se cumple lo que se discuta y se acuerde en la Mesa de Diálogos en la que participemos". Los negocios ilícitos que los elenos manejan en Venezuela ―alrededor de 5.000 millones de dólares al año― determinarán la factibilidad de la paz total de Petro y no su deseo político de terminar con las acciones del grupo terrorista.

Cuando comparamos con la reunión anual del Foro Económico Mundial de Davos (Suiza) la semana pasada, a la que asistieron más de 50 jefes de Estado y 60 ministros de Finanzas, varios de Comercio y varios de Asuntos Exteriores, observamos un encuentro para entablar diálogos constructivos y con visión de futuro y facilitar la cooperación entre los sectores público y privado que permitan alcanzar la prosperidad de las naciones. Los temas tratados fueron la globalización, la digitalización y la democratización. Diametralmente opuesto a las discusiones en la Celac.

El expresidente Rodríguez señala que en Buenos Aires se propusieron pocas acciones. Fueron nuevas reuniones para seguir aprobando generalidades. Los temas como la libertad, el Estado de Derecho, los derechos humanos solo fueron mencionados en términos generales de apoyo. No se habla de los presos políticos, las violaciones del derecho a la vida y a la libertad de sus ciudadanos.

Los gobiernos latinoamericanos y caribeños que perciben de manera natural y cotidiana la alteración de la realidad con acciones fantásticas parecen destinados a plagar sus países de miserias, en nombre de la libertad, la paz, la autodeterminación de los pueblos y la democracia. Recordemos que ese realismo mágico, tan propio de la región, como ya hemos visto, no construye bienestar material, ni saca de la pobreza al pueblo.



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