“Los regímenes autoritarios, aunque parecen estables, a menudo están en constante riesgo de derrumbarse desde el interior. La lealtad forzada, el miedo y la propaganda no pueden sostener el poder para siempre: basta con que unas pocas personas en posiciones clave cambien de bando, y todo el sistema se puede desmoronar de la noche a la mañana.” - Anne Applebaum
En un país acostumbrado al lenguaje de la confrontación y la propaganda, las palabras del general Vladimir Padrino López, ministro de Defensa de Venezuela, en el Patio de Honor de la Academia Militar la semana pasada, no parecieron distintas a las de otros tantos voceros del régimen. Pero si se observa con atención, el tono de su declaración reciente revela más de lo que intenta ocultar.
Transmitida parcialmente por la televisión estatal, su intervención fue un acto de defensa: denunció al gobierno de Estados Unidos, acusó a los “mercados consumidores” de droga de fomentar la criminalidad global, calificó a la DEA como “el mayor cartel del mundo” y desacreditó a Hugo “el Pollo” Carvajal, exjefe de inteligencia de Hugo Chávez, como testigo en los juicios por narcotráfico que se llevan a cabo en Nueva York.
Nada nuevo para un régimen que desde hace años repite los mantras del antiimperialismo. Excepto que esta vez había miedo en el discurso.
Porque lo que Padrino dijo, más allá del lenguaje coreografiado del poder militar, fue una confesión: el régimen sabe que el cerco que lo rodea —legal, político, financiero, moral— ya no proviene solamente del exterior. Quienes lo delatan estuvieron dentro.
La derrota no declarada
Los sistemas autoritarios no colapsan cuando pierden su legitimidad; colapsan cuando pierden el control del miedo.
El miedo es lo que mantiene la disciplina entre generales.
El miedo es lo que evita que un antiguo aliado se convierta en delator.
Y el miedo es lo que impide que las masas se levanten.
Pero cuando ese miedo cambia de dirección —cuando ya no se teme al enemigo externo, sino a lo que ocurre en los pasillos del propio palacio—, el equilibrio comienza a romperse.
Padrino no le habló a Washington. Le habló al Alto Mando de las Fuerzas Armadas. Le habló a los cuadros civiles del partido. Y sobre todo, le habló a quienes están considerando cooperar con fiscales en Nueva York, Madrid o La Haya.
Cuando advirtió sobre la “fragmentación del Estado nacional”, no lo hizo en abstracto. Lo hizo como quien reconoce que la lealtad ya no es homogénea, que las grietas ya existen y que el relato del poder está dejando de sostenerse desde adentro.
Tres fantasmas familiares
La escena venezolana recuerda a otras ya vistas en el teatro de las tiranías y organizaciones criminales del siglo XX y XXI.
A Manuel Noriega, general panameño atrapado por sus propios aliados cuando sus vínculos con el narcotráfico se volvieron insostenibles. A Muamar Gadafi, acorralado por traiciones internas y el colapso de su red tribal-militar. Y a Joaquín “el Chapo” Guzmán, cuya organización criminal se desmoronó por la combinación de presión judicial y traiciones internas.
Los tres, en algún momento, se sintieron inexpugnables. Y los tres subestimaron el poder silencioso del aislamiento progresivo.
Hoy, el cabellomadurismo se encuentra en un punto similar: ya no se defiende con fuerza expansiva, sino con lenguaje reactivo. Ya no impone el miedo, sino que lo gestiona desde la vulnerabilidad.
El nuevo arte del cerco
En la Guerra Fría, los regímenes eran derrocados por rebeliones populares o golpes militares. Hoy, en el siglo XXI, el cerco es otro.
No hay tanques ni desembarcos.
No hay resolución del Consejo de Seguridad.
Lo que hay es un proceso acumulativo, legal, paciente:
declaraciones ante tribunales federales,
sanciones financieras coordinadas,
investigaciones de la Corte Penal Internacional,
exfuncionarios convertidos en testigos clave.
Cada uno de estos actos funciona como una piedra más en el cerco que se levanta en torno al régimen.
Una estrategia lenta, pero constante, en la que Maduro no es derrocado por la fuerza, sino porque se queda sin aliados, sin opciones.
El acto final depende del elenco
Hay razones para pensar que el desenlace se acerca. El lenguaje militar se ha vuelto más defensivo. El discurso ideológico ha perdido convicción. Y el aparato represivo, aunque intacto, muestra signos de fatiga.
Los regímenes no siempre caen con estruendo. A veces se desmoronan de forma casi imperceptible. Como en Filipinas en 1986, Praga y Bucarest en 1989, Liberia 1990, Sudáfrica 1994, Túnez en 2011, Sudan 2019. O como podría pasar en Caracas en los próximos meses.
El poder en Venezuela no será derrotado por una marcha, ni por una invasión, ni por un discurso.
Caerá si la coalición que lo sostiene entiende que cooperar con el exterior y las fuerzas democráticas es mejor que hundirse con el barco. Y eso, como han demostrado los casos de Noriega, Gadafi y el Chapo, depende de cuán estrecho se vuelva el cerco y cuán tarde se abra una puerta de salida negociada.
¿Qué sigue?
La política internacional moderna ya no gira únicamente en torno a guerras y tratados. Gira en torno a instituciones: fiscales, jueces, cortes internacionales, periodistas de investigación.
El poder duro ha sido reemplazado por la persistencia institucional.
Por eso Venezuela es hoy el caso de estudio de un régimen cercado desde dentro, con herramientas del siglo XXI.
El final no está escrito, pero la tendencia ya no puede negarse.
El régimen ya no manda con autoridad. Gobierna con parches. Y teme a lo que viene de afuera tanto como a lo que empieza a descomponerse dentro.
Porque en los Estados mafiosos, los muros no caen con explosivos… Se desmoronan por la podredumbre en su interior.